Johann Sebastian Bach representa una de las formas más profundas de trascendencia a las que puede aspirar el arte. No sólo por la perfección técnica de su música o por la complejidad arquitectónica de sus obras, sino por su capacidad para alterar el estado interior de quien las escucha. Hay obras que entretienen, hay otras que conmueven y sólo unas pocas transforman. En esa frontera difícil de explicar entre la emoción y el pensamiento encontramos la música de Bach.

En una época marcada por la velocidad y la dispersión, detenerse a escuchar una obra de Bach supone casi un acto de resistencia. La introspección que provoca favorece el pensamiento y el pensamiento favorece el conocimiento. Aprendemos porque reflexionamos.

La historia de Bach nos recuerda también la fragilidad de la memoria cultural. Tras su muerte, gran parte de su obra quedó relegada durante décadas a una zona de sombra e indiferencia hasta que un joven Félix Mendelssohn decidió devolverla al lugar que merecía ocupar.

Comprendió que la grandeza no consiste únicamente en crear algo nuevo, sino también en reconocer aquello que merece ser salvado.

Aquel gesto cambió la historia de la música.

Desde entonces, la presencia de Bach no ha dejado de crecer hasta convertirse en uno de los nombres fundamentales de la cultura universal.

Su música continúa iluminando el presente porque habla de cuestiones esenciales que permanecen intactas bajo los cambios tecnológicos, políticos o sociales.

Escuchar esta música es también una manera de detenerse, de pensar y de reconstruirse interiormente.

Y esa permanencia inquebrantable es quizá la forma más verdadera de eternidad.